Algunas
veces un color, una escultura, una canción o un lugar, transmiten tanta
belleza que quedan guardados para siempre en la memoria.
Esa experiencia llega a ser parte de ti mismo, y cuando recuerdas y
visualizas mentalmente ese momento, regresa a ti con toda nitidez
provocando de nuevo la sensación original.
A mi, me ocurre habitualmente, algunas veces involuntariamente. Son los momentos en que mis amigas dicen que estoy en la luna.
Estos tres anillos surgieron así.
Al regreso de las vacaciones, el paisaje del verano en Galicia volvía
a mi memoria con los colores y las sensaciones que sentía cuando me
asomaba a la atalaya para ver el mar.
Recordaba el color brillante de la mañana, el dorado intenso del atardecer y la oscuridad difuminada de la noche.
Y como ya estaba en mi mesa de trabajo, empecé a dibujar esa sensación.
El dibujo fue fácil, lo adapté a la escala del anillo, y el modelista captó muy bien la idea y los volúmenes.
La complejidad de estas piezas estaba en la paleta de color.
Trasladar los matices del paisaje natural a los colores de las piedras
era muy complicado.
Para conseguirlo buscamos zafiros de diversas procedencias y aleaciones de oro diferentes.
El mar de día es el azul intenso del zafiro Pailin, Camboya; en el
cielo hay tres azules: el del zafiro de Birmania, Madagascar y el claro
de Sri Lanka. Para la tarde, los zafiros anaranjados de Tanzania, y
amarillos de Tailandia, y en el mar el azul grisáceo del zafiro de
Australia. La noche tiene el contraste de los diamantes blancos y
negros, y en el mar el zafiro más oscuro de Birmania.
En el monte Louro se engastaron diamantes marrones, entre ellos hay salpicadas unas pequeñísimas tsavoritas verdes de Tanzania.
Cada piedra tiene su lugar exacto en el anillo para lograr los
difuminados de color, y aún así se utilizaron otras técnicas para
conseguir una variación más sensible y real.